Aquel día planeaba celebrar
nuestro aniversario número quince. Y es que fueron quince años juntos, quince
años llenos de momentos felices y también difíciles, pero que aún a pesar de la
dificultad salíamos airosos. Tras tu llamada esperé e imaginé una situación
totalmente distinta de la que fui parte. Mapi, confundida, creía que el tan
ansiado anillo de compromiso llegaría esa noche, yo, aunque con ciertas dudas,
también lo creía. Desde nuestro primer beso, hasta hoy, he alimentado tanto
nuestro amor, que no estoy preparada para una vida sin ti, y es que casarnos y
comprometernos para siempre era sólo cuestión de tiempo; sin embargo, cuando
abrí la cajita que creía contenía tu petición de unión eterna, guardaba un
anillo, es verdad, pero no aquel con el que soñaba, sino tu anillo, devolvías
el anillo que nos comprometió por quince años. Tan sólo con escuetas palabras
dijiste “Es tu corazón, te lo devuelvo” Fue el peor momento, no sólo la
confusión y el ahogo me invadieron, no tenía claro si lo mejor sería bajarme
del auto muy dignamente o si llorar o si golpearte. Respiré hondamente, dejé tu
cajita sobre tu pierna y bajé a punto de estallar. Me pregunto si en algún lugar
del Código Penal está la respuesta a cómo me siento hoy, o si en alguna de
todas las leyes que memoricé por tantos años se encuentra el antídoto para mi
dolor. Evité y luché para no caer en depresión, vivir en soledad no ayudaba
mucho, pero las responsabilidades laborales tenían que hacerme reaccionar.
Cuando me levanté y me vi al espejo, me dije: “Quizá la ley no hace
diferencias, pero el espejo sí las hace”. Y es que en quince años he cambiado.
No sólo espiritual y socialmente sino sobre todo físicamente, solía ser la más
guapa, pues sin intención de ser presumida, lo era, eso decían los chicos del
barrio, de la escuela y hasta en la radio. Ahora, el trabajo y el estrés en que
me he visto envuelta, ha transformado mi figura física, he engordado mucho más
de lo que creía y en una sociedad como esta, donde la delgadez es sinónimo de
belleza, he dejado de ser bonita y quizá aunque suene y sea duro reconocerlo
sea esta la principal razón por la que has dejado de amarme, de mirarme y de sonreírme.
No, aún me sonríes pero no con la misma sonrisa, ya no hay amor en tus ojos, ya
no hay admiración ni deseo. Pude haber imaginado como está, muchas otras
razones para que tomes la decisión de abandonarme, pero conociéndote como creía
hacerlo, nunca hubiese creído que existiera una tercera persona, eras honesto,
eras noble. Fui a buscarte y estaban allí abrazándose, sonriendo con
complicidad, ambos bajo un solo paraguas en una noche de lluvia. Yo sentí que
el mundo se detuvo, que debía escapar, que nada volvería a ser como antes, que
un pedazo de mí se escurría como esas gotas de lluvia.
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