
Cuando Marina empezó a soñar de nuevo, no tomó conciencia de lo peligrosa que sería su hazaña. Decidió lanzarse sin estar segura si saldría airosa o más lastimada aún. Sin embargo la idea no la dejaba dormir, las ganas de soñar la embargaban, el deseo de volar la tenía ensimismada.
Y es que hace mucho que olvidó soñar. Un día al despertar de una de sus continuas pesadillas, le clamó al cuelo que los sueños desaparezcan, que al cerrar sus ojos su alma vuele sin guardar recuerdos. Y como el cielo nunca le decía que no, desde entonces dormía tranquila, despertaba sin sueños.
Pasó el tiempo y una noche antes de dormir clamó al cielo de nuevo que le devolviera los sueños. Cuando cerró los ojos, llenó su alma de recuerdos, ilusiones y cosquilleos quinceañeros, no se preguntó en qué momento el globo se reventaría, si es que sólo serían castillos con cimentos nebulosos. Pero allí estaba Marina terca y obstinada como de costumbre.
Antes que se fuera corriendo quise detenerla, llegué a tocarla pero su paso era demasiado presuroso. Sólo quería advertirle que probablemente su sueño era sólo una pesadilla disfrazada o peor aún producto de su ansiedad.
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