Quizá
una de las mejores películas en la historia del cine, marcada de una emotividad
capaz de quebrar hasta el corazón más frio, es “La vida es bella” (La vita è
bella en italiano), película estrenada en 1997, escrita, dirigida y
protagonizada por Roberto Benigni. Benigni interpreta a Guido Orefice, un judío
italiano dueño de una librería, que debe emplear su fértil imaginación para
proteger a su pequeño hijo de los horrores de un campo de concentración nazi. La
historia está parcialmente basada en la experiencia real del padre de Benigni,
que logró sobrevivir a tres años de internamiento en Bergen-Belsen.
El
Holocausto, como es conocido comúnmente, es un hecho central para la
comprensión de la civilización occidental, el estado nación y la sociedad
burocrática moderna, así como la naturaleza humana. Se trató en términos
simples y claros, del asesinato en masa
premeditado de millones de civiles inocentes. Impulsado por una ideología
racista que consideraba a los judíos como “indeseables parásitos” dignos solo
de erradicación, los nazis implementaron el genocidio en una escala sin
precedentes. Eligieron a todos los judíos de Europa para la destrucción: los
enfermos y los sanos, los ricos y los pobres, los ortodoxos religiosos y los
convertidos al cristianismo, los ancianos y los jóvenes, incluso los niños.
Podríamos
preguntarnos qué importancia tiene un hecho acaecido hace muchos años y el motivo
clave es que el racismo sigue latiendo en el corazón del mundo tanto o más que
en el pasado. Ni la declaración Universal de Derechos Humanos, ni los pactos
entre países, ni lo programas igualitarios han logrado acabar con él. La
creencia que existe una raza superior en relación a otra es expresada en muchos
ámbitos de nuestra sociedad. Basta con pasear un momento en las principales
redes sociales, para darnos cuenta que la intolerancia a la opinión del otro va
de la mano con una serie de insultos racistas. El “blanco” se considera mejor
que el “cholo” y que el “negro, creencia que se mantiene de generación en
generación. El Perú es un país racista y de eso no hay duda. El racismo nos
conduce inevitablemente a una intolerancia ridícula y en ocasiones mortal,
causando depresiones, daños psicológicos y hasta físicos en todos los niveles.
¿Es que acaso el color de piel define el valor en sí mismo de la persona
humana? ¿Es que acaso el haber nacido en cuna de oro puede hacerte jerárquicamente
superior? A esto se suma la realidad que los de “raza superior” tienen un mayor
y mejor acceso a oportunidades laborales, a centros de estudio y a círculos
sociales, obligando a los de “raza inferior” a ocupar puestos menores y en
ocasiones hasta les es imposible estudiar. Es por esto que la ignorancia y la
miseria son relacionadas directamente con la raza, constituyendo una conclusión
con premisas sin sentido. Todos los que formamos parte del planeta tierra somos
de raza humana, el hecho que la geografía, el clima, la alimentación, y el
hábitat en general hayan ocasionado que el color de piel, las costumbres,
tradiciones y situación social de ciertos grupos sea distinta a la de otros, no
establece diferencias propias de la raza. Lo exterior no puede modificar la
esencia. Sería óptimo empezar por uno mismo, dejar atrás consideraciones,
estereotipos y prejuicios sin sentido, todos pertenecemos a una misma y única
raza. Transmitamos esta idea no sólo a nuestros contemporáneos sino a quienes
quedarán después de nosotros, cortemos esta cadena sin sentido que ha acabado
con pueblos a lo largo de los años, que hoy en día sigue acabando con grupos
sociales que se consideran inferiores tan sólo porque han sido obligados a
creerlo.

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